"Si una vez algo funcionó, se va a recurrir consecuentemente a lo mismo". He allí la regla de oro -y muy fácil de intuir- de la televisión. En algún momento fueron los culebrones. Luego, el humor de las cámaras ocultas. Más tarde se vino el aluvión de reality shows. Y hasta hace poco nos estuvimos acostumbrando a la TV de la sexualidad y la intimidad despojadas. ¿Y ahora? ¿Se viene la TV morbo? Laura Etcharren, socióloga y analista de televisión, ratificó a LA GACETA que lo emotivo pasó a ser parte fundamental de las estrategias de las producciones.

- ¿Hay una tendencia al impacto emocional en la televisión?

- El golpe emocional es una tendencia que forma parte de la globalización. Explícita o implícitamente, la programación de nuestra TV se encuentra atravesada por las emociones. Desde los realities que buscan llegar al público a través de un sueño; desde un relato dentro de una casa; o todas las tardes en los programas de espectáculos, con diferentes personajes que detallan cómo viven una pelea, un divorcio, un romance o una muerte. Lo mismo sucede en los noticieros. Los distintos actores sociales componen esa estructura de sentimiento sobre la cual trabajan los directivos y productores del medio.

- ¿Por qué se busca esto?

- Porque en momentos de crisis, de mayor vulnerabilidad, la emoción despierta, si no interés, al menos curiosidad.

- ¿En qué medida esto es casual y en qué medida está armado por la producción?

- Nada es casual en la televisión. Todo es causal: causa-efecto; prueba-error. Con el minuto a minuto, la pantalla agudizó su laboratorio de producción que requiere de conductores hábiles para descartar lo que no mide y llevar hasta las últimas consecuencias lo que sí mide. Las historias reales, de acuerdo con el programa, pueden gozar de agregados. De esos condimentos que las harán más apetecibles para el espectador agudo, para aquel que no tiene una fidelidad con un ciclo. El zapping es clave. Sacar lo peor de una persona o verla descompensada, mide. La clave es llevar los estados anímicos hasta el final. Al borde. Al límite.

- Desde la perspectiva del público, ¿qué efecto tiene? ¿Puede relativizar la sensibilidad?

- El público sabe lo que está mirando y a quién; compra lo que quiere. Se detiene donde quiere y, con su encendido, legitima el producto que lo distiende. El televidente argentino es audaz porque nuestra televisión es audaz. Los simulacros de guiones o pautas escandalosas siempre tienen un dejo que hace que la persona tome distancia del hecho. Así relativiza el punto sensible. El televidente también hace de la televisión un valor de uso. Nada es tan personal.

- ¿Cualquier historia triste o dura puede salir en televisión? ¿Es suficiente para catapultar a alguien a la fama?

- En la televisión de hoy famoso es cualquiera, porque el factor fama no solo pasa por el talento, la trayectoria o las buenas acciones. Cotidianamente observamos cómo una mujer se convierte en famosa por contar sus aventuras horizontales o que un hombre trasciende por divulgar sus conquistas. La etiqueta de la fama la coloca, primero, el medio que impone a alguien en pantalla y, luego, la sociedad que lo elige. Por eso, en la actualidad la fama tiene que ver con el nivel de trascendencia que haya tenido la noticia que generó tal o cual persona para hacerse conocida. La ecuación es: a mayor escándalo, mayor exposición mediática. En cuanto a la tristeza de una historia o a su crudeza, no hay demasiados límites. Se ve de todo. En el caso de los menores, al cuidado deben tenerlo los padres. Además, las nociones de crudeza y tristeza tienen que ver fundamentalmente con una construcción subjetiva del espectador y también con el tratamiento de la historia.